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¡HAY UNA MUJER DESNUDA EN LA VENTANA!

  • Foto del escritor: Tacia
    Tacia
  • 9 ago 2025
  • 3 Min. de lectura

— ¡Amor! ¡Ven rápido!

— ¿Qué pasa?

— ¡Hay una mujer desnuda en la ventana!


Y listo. Esa no es una frase que uno pueda simplemente ignorar. Salto del sofá con la misma urgencia con la que reaccionaría a un “¡la estufa está prendida!” o “¡el gato se escapó!”.


Y ahí está. La vecina. Enterita. Y libre.


— ¡Deja de mirar, qué descaro!


Le tapo los ojos, corro la cortina, cruzo los brazos… pero la imagen ya quedó. En su cabeza y, lo confieso, en la mía también.


Tal vez ni siquiera sabía que la estaban mirando. Tal vez lo sabía… y no le importaba.

Viviendo en São Paulo, la pregunta no es si algún día vas a ver a una mujer desnuda en una ventana, sino cuándo. Si eres del tipo que espera por ese momento, tranquilo: tu día llegará. Estoy casi segura de que es una ley no escrita en esta ciudad. Lo digo por la cantidad absurda de edificios por cuadra.


“Uy, ahí todavía hay un espacio.” ¡Pum! Otro edificio. Cincuenta departamentos nuevos. Ninguna cortina da abasto. Es como hacer fila en el banco, escuchar al vecino taladrar la pared a las diez de la noche o meterte a la ducha y darte cuenta de que olvidaste la toalla. Cosas que le pasan a todo el mundo — aquí, solo un poco más seguido.


Y si la vida realmente quiere cerrar el ciclo, un día  serás el desnudo. No por exhibicionismo, sino por ese momento inocente de “solo voy a buscar una toalla rapidito” y te olvidas de que la ventana está abierta — hasta que ves al portero abajo, mirando hacia arriba con cierta incomodidad.


Crecí en Ribeirão Preto, cuando Ribeirão era todavía más pueblerino de lo que es hoy. Vivía en una casa con muros, donde las ventanas daban al patio. Nadie veía a nadie desnudo. En cambio, sabían tanto de tu vida que a veces sentías que andabas desnuda por la calle. No había nada que hicieras que no llegara a oídos del vecindario.


Historia real: un día estaba lavando ropa a mano en el lavadero, y una amiga me preguntó por qué no usaba la lavadora. Le conté que mi madre había lavado algo más temprano y una de mis camisas había perdido un botón; así que ahora prefería lavar a mano. Casi al instante, escucho a la vecina gritar:


— ¡Tacia! ¡Si querés, tengo una caja de botones en casa! ¡Capaz uno le sirve a tu camisa!— ¡Ah, bueno, gracias! — respondí, medio avergonzada.


¿Para qué telenovelas si tenés el drama en vivo, justo al lado? ¿Para qué ver el noticiero si las primicias te llegan frescas en la charla del portón?


Hoy en día me pregunto: ¿qué tipo de desnudez es mejor? ¿La del pueblo o la de la ciudad?


Al final, no se trataba de la vecina. Se trataba de mí, de él… y de cómo la verdadera privacidad, en realidad, no existe en ningún lado.


— ¡Amor! ¡Ven acá! — grito.

— ¿Qué pasa?

— ¡La mujer desnuda volvió!


No me juzgues. El día que veas a una mujer desnuda en tu ventana, vas a entender la emoción.



(Casi) todo lo de aquí viene de la vida real — de muchas personas, incluso de las que son ficticias. Si es que eso existe, claro.

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