Descubrí que el marrón es el color del alma de todas las abuelas. Como cuando entras en sus casas y el suelo te abraza diciendo: “camina tranquila, yo te sostengo”. Un color que parece pesado, pero huele a café —igual que mi abuela.
Pensé que solo volvería a escribir cuando me jubilara. Porque, con tantas cosas hoy en día: hijos, marido, trabajo, familia, drama… la jubilación me parecía una buena época para redescubrir hobbies de esos que vienen del alma.